Colombia: el espacio para la negociación

(Politikon, 06/10/2016)

Nadie esperaba el ‘no’ en Colombia, pero el ‘no’ llegó. Ni siquiera sus líderes le tenían fe. Probablemente, ni tan solo el expresidente Álvaro Uribe esperaba ganar. Así que cuando el domingo a las cinco de la tarde todo el país sabía que había dado la espalda a los acuerdos de fin de conflicto con las FARC, la duda planeó las cabezas de todos y cada uno de los colombianos: y ahora, qué.

Con el rechazo ciudadano, a cada parte en este conflicto le surge su dilema particular.

Cabe sospechar, por ejemplo, que una vez teniendo el acuerdo firmado y todo Uribe hubiese preferido una victoria del ‘sí’ por escaso margen. Al más puro estilo Boris Johnson en el Brexit. Eso le permitía hacer valer una cuasimayoría, reforzaba a su plataforma de cara a las elecciones presidenciales de 2018, y al mismo tiempo le dejaba margen para girarse hacia sus aliados con ideas más extremas y decirles “bueno, por el momento no pudo ser, pero ya llegará en 2018”. Sin embargo, ahora se coloca entre la espada que supone su responsabilidad en la vuelta del conflicto, y la pared que construyen precisamente sus socios. Son muchos. Y duros. Igual que los de Johnson en el Reino Unido el día después del referéndum que rompió Europa. En el menú de argumentos que ofrece para rechazar los acuerdos están varias sensibilidades representadas: conservadores que hablan de la familia y de la “ideología de género”, militares que aspiran a un tratamiento menos duro de ser encontrados culpables (“alivio”, lo denomina Uribe), propietarios de tierras que ponen en cuestión la reforma rural incluida en los textos, ciudadanos indignados con la ausencia de penas de cárcel severas y la posibilidad de participar en política para los cabecillas de las FARC. Se entremezclan aquí elementos de política pública con otros que son parte exclusiva del acuerdo. Lo cual agranda el dilema: ¿hacer campaña y pujar desde ya por una gran agenda que era precisamente la que se estaba forjando para las elecciones del ’18, o ceder y aparecer como un gran estadista cuya participación permitió un acuerdo más inclusivo? Así cambie dos comas y tres acentos (de hecho, varias de las propuestas avanzadas por el uribismo están ya incluidas en los textos. Otras no, claro). De momento, La Silla Vacía titulaba así su crónica de la primera reunión (¡en años!) entre Uribe y el Presidente Santos: “Uribe avanza más en su coalición que en la discusión del Acuerdo”.

En el otro extremo, los líderes de las FARC insisten por el momento en que el acuerdo está cerrado y debe implementarse. Tras cuatro años de negociación y estando al borde de la desmovilización de miles de efectivos en zonas especialmente preparadas a tal efecto, el pacto forjado es uno que intercambia fusiles remotos por voz en Bogotá para los líderes, y economías ilegales por inserción para los rasos. Además, el acuerdo está (estaba) pensado como plataforma de inclusión del mundo rural en el presente, cerrando la enorme brecha que existe entre éste y las ciudades. Pero el arreglo incluye también el paso por tribunales. Así sean de tipo transicional, hay sometimiento a la justicia, y probablemente hay miedo ante un pasado de ataques por parte de elementos paramilitares. Ese era el equilibrio al que había llegado una guerrilla que consideraba que el uso de las armas se había agotado para tomar el poder, pero tal vez no para resistir en ciertas posiciones de fuerza. Por eso es racional no moverse de los acuerdos: las FARC son mucho más débiles que hace una década o dos, pero no tanto como para no poder aguantar un tiempo más de lucha si la alternativa para los cabecillas es pasarse la vida en la cárcel o atarse a un proceso de paz que no les ofrece todas las garantías que desean, y para los rasos es la incertidumbre. Este punto merece una pausa. Uribe y los suyos son conscientes de este punto y han insistido en protección para todos y amnistía para los soldados de a pie, circunscribiendo las penas a los líderes. Pero al mismo tiempo pretenden una desmovilización inmediata sin que haya acuerdo firmado. De esta manera, buscan salir de su dilema entre conflicto y agenda. La guerrilla, por su parte, no tiene demasiados incentivos para dejar las armas definitivamente sin antes haber confirmado que su propia agenda, arriba descrita, avanza, incluyendo las garantías de seguridad.

Volviendo al corazón del dilema, ¿cómo pueden saber los cabecillas que las condiciones en la siguiente negociación, que la habrá tarde o temprano, serán mejores y no peores? ¿Hasta qué punto les conviene apostar? Pero esta disyuntiva de largo plazo se ve superado por otro, de mucho más corto alcance: ¿cuánto tiempo puede la guerrilla aguantar a miles de personas armadas pero inactivas, en el limbo, con el compromiso de no delinquir para subsistir pero sin el acceso a los subsidios previstos por el acuerdo? (Subsidios que, por cierto, ya existen para los desmovilizados). El riesgo de fragmentación interna es demasiado alto.

En el centro de todo esto se encuentra Santos. El Presidente hizo una apuesta y la perdió. Ahora no le queda sino escuchar a los ganadores, cosa que está haciendo. Pero sabe en qué dilema se encuentra su interlocutor, y qué incentivos tienen para caer del lado de la colaboración o, por contra, dilatar el proceso. En caso de que triunfe la segunda tesis, la oposición se mantendrá en exigencias difusas o inalcanzables, y ambos bandos pasarían a echarse las culpas por el anticipado fracaso final de las negociaciones. En última instancia, la plataforma pro-acuerdo podría incluso desarrollarlo (por ejemplo en el Congreso, donde en principio dispone de mayoría) siempre evitando la participación del Presidente. Esto generaría unas tensiones políticas de efectos difícilmente calculables, pues los del ‘no’ pasarían a esgrimir su reciente mayoría ante las instituciones. Si, por el contrario, la colaboración es fructífera (sea en una comisión, sea en la misma rama legislativa), entonces el problema para Santos es girarse hacia el otro extremo y decirle a las FARC que hay puntos de los acuerdos a reconsiderar. Y vuelta, pues, al dilema del grupo armado. Que sería esencialmente el mismo en una hipotética mesa a tres bandas.

La pregunta que debe responder cualquier solución negociada es, pues, la siguiente: ¿hay algún punto en el cual Uribe maximiza su beneficio (representado por la diferencia entre la culpa que le toque de un eventual retorno al conflicto y la ganancia de llevar adelante su agenda y la de sus aliados) sin que la cuerda se tense demasiado, y a las FARC les salga más a cuenta romper con todo el proceso? ¿Puede el Gobierno facilitar el hallazgo de ese equilibrio específico? En los pasados cuatro años no ha sido posible. La cuestión es si, con los votos sobre la mesa y el fin del conflicto al alcance de la mano, los incentivos de unos y otros para ceder son mayores que cuando todo empezó. Si hay espacio, hay salida. De momento, queda en el aire.

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La guerra de las rosas

I. El reto externo: enfrentarse a la estrategia de los extremos (El País, 28/12/2015)

En ajedrez y en otros juegos, la palabra alemana zugzwang define el momento en que uno de los contendientes se ve obligado a decidir entre varios movimientos sin que ninguno de ellos le resulte conveniente. Al no poder pasar turno, el jugador solo puede escoger de qué manera prefiere recibir el golpe. Desde el pasado lunes 21, el PSOE está en una posición de zugzwang como consecuencia de la estrategia escogida por Podemos: al condicionar el apoyo de sus 69 diputados a la realización de un referéndum en Cataluña, los socialistas se ven obligados a elegir entre explorar dicha posibilidad (algo que tiene un coste inasumible para sus élites regionales), rechazarla y entrar en negociaciones con el PP y Ciudadanos por una suerte de pacto de reforma constitucional que Podemos utilizaría para reforzar su marco de referencia de “nosotros contra ellos”, o cerrarse en banda y permitir que se repitan elecciones con el (enorme) riesgo de sorpasso por parte de Iglesias. Este, ahora, es el mapa de las alternativas posibles.

En semejante situación, el PSOE ha perdido la cohesión. Sánchez está dispuesto a agotar todas las opciones para llegar a un acuerdo de izquierdas, manteniendo el referéndum como línea roja. Pero los líderes de aquellas regiones sin aspiraciones nacionales propias temen el castigo que les pudiese acarrear. Algunos de ellos, además, aprovechan la ocasión para ajustar cuentas con un candidato que no ha cubierto expectativas electorales. La confrontación más o menos abierta no hace sino ahondar en el dilema socialista, favoreciendo las expectativas estratégicas de Iglesias.

En Podemos son conscientes de que la jugada está saliendo bien por el momento, pero también deben contemplar los riesgos a medio plazo. La elección del referéndum como condición para forzar el zugzwang socialista no es solo táctica, sino que obedece al hecho de que 27 de sus diputados provienen de alianzas con partidos de corte nacionalista. Iglesias ha adquirido una deuda con ellos. Los objetivos del nacionalismo de momento están alineados con los de quienes están convencidos de que el PSOE debe ser completamente derrotado y sustituido. Sin embargo, Podemos cuenta con un tercer grupo de apoyos con intereses distintos: personas o colectivos interesados en dar peso específico a un partido capaz de mover el debate hacia posiciones más favorables a la redistribución. Para ellos, terminar con un Gobierno del PP o con una repetición de los comicios solo puede ser una decepción. En los últimos días la cúpula del partido se ha cuidado de poner sobre la mesa otras condiciones de tono más social para recordar a estos votantes que ellos también están por el cambio en el resto de frentes, situando al PSOE dentro del marco de quienes no desean moverse del consenso del régimen. Pero la condición plebiscitaria sigue sobre la mesa. Ello hace evidente para todos que Podemos está dispuesto a sacrificar ciertos objetivos a corto plazo.

Jugar la carta nacionalista genera unas expectativas muy difíciles de cumplir. Porque, por si no fuese suficiente con la oposición explícita de las formaciones centristas, el PP mantiene un poder de veto en el Congreso (más de un tercio de los miembros) y en el Senado (mayoría absoluta) que, por supuesto, no dudará en usar. Tal vez Mariano Rajoy tenga incentivos para ceder un poco en una eventual negociación con PSOE y Ciudadanos, en tanto que su cabeza corre cierto peligro si no es capaz de retener el Gobierno. Pero unas elecciones anticipadas no le vienen necesariamente mal a un partido que tiene capacidad para absorber voto en busca de la estabilidad, incluyendo muchos que se aventuraron con su apoyo a Rivera sin que éste, por el momento, vaya a importar demasiado en el juego de coaliciones. La connivencia implícita de intereses entre el PP y Podemos en caso de elecciones anticipadas podrían reducir el espacio destinado al centro político.

Un centro que en teoría iba a quedar representado por un partido que no llegó a donde se esperaba, esto es, a tener poder de vetar cualquier posible acuerdo. En una campaña un tanto incomprensible cuando se la compara con el ascenso meteórico que la precedió y el intenso trabajo previo en la elaboración de propuestas que les mantuviesen en un equilibrio entre lo liberal y lo social, Ciudadanos se ató al mástil del PP cuando lo que necesitaba era justo lo contrario. La momentánea falta de relevancia de sus 40 diputados es un daño colateral de la estrategia de Podemos para arrinconar al socialismo, pero ésta solo ha sido viable porque los resultados electorales han producido un Congreso que se presta a la polarización.

Centro-derecha y centro-izquierda suman 154 escaños en la Cámara, siendo los restantes 196 para formaciones (PP, Podemos, UP, Bildu) notablemente más escoradas. De la misma manera, al menos 123 diputados están radicalmente en contra de una solución negociada al conflicto con Cataluña, mientras 97 podrían considerar incluso el derecho de autodeterminación. Las nuevas Cortes recogen el creciente pluralismo de opiniones e intereses de los votantes, es cierto, pero también dan pie a que éstas sean difícilmente reconciliables. Al provocar una situación de zugzwang para el PSOE y hacer que todas las fuerzas se alineen en frentes, incluso las supuestamente moderadas, Podemos está alimentando la polarización. La negativa irrenunciable y la amenaza interna de los barones regionales del socialismo se coordina con los intereses de conservadores y de la izquierda nacionalista. Porque, en este momento, incluso un pacto de fuerzas moderadas con el PP en busca de una reforma constitucional que subrayase la soberanía española pondría más de relieve las diferencias que los puntos en común.

El objetivo natural de un sistema parlamentario es favorecer la búsqueda de consensos, en especial cuando reina el multipartidismo. Sin embargo, nada garantiza que la negociación prime sobre la confrontación. Los partidos no son meros intérpretes neutros de las preferencias de los ciudadanos, sino que ayudan a reconfigurarlas y a cristalizarlas, y pueden canalizar la dinámica política en una dirección o en otra. También crean esperanzas y, por tanto, abren la puerta a la frustración, de la que no andamos precisamente faltos en España. Los líderes que hoy se enroquen en posturas irreconciliables ganarán una batalla o minimizarán sus pérdidas. Pero tendrán que administrar mañana una decepción y una polarización que no eliminará la fragmentación. Solo estarán haciendo más largo y tortuoso el camino que ellos mismos deben recorrer.

Primer entremés: el coste de una gran coalición (El País, 17/06/2016)

A veces era un rumor de fondo; otras, se trataba de una demanda explícita. El argumento va más o menos así: España necesita reformas económicas e institucionales. Para llevarlas adelante hace falta un Ejecutivo de consenso, con base centrada y capacidad política, protagonizado por el PP y con la aquiescencia del PSOE y C’s. Sería esta, se supone, la única vía segura lejos de extremismos y rupturas. Pero este argumento tenía un problema. Esta opción no saldría gratis a los defensores de las reformas y la moderación. De hecho, había razones para sospechar que el remedio podría ser peor que la enfermedad.

[Antes del 26J] Las encuestas señala[ba]n a UP como nuevo partido líder de la izquierda. Seguramente son muchas las razones que llevarían a un 25% de los votantes a apoyarles, y ninguna de ellas puede ser ignorada por quien desee reformar el país: corrupción, desigualdad, falta de oportunidades y, en general, la sensación del “no nos representan”. No se trata de un fenómeno pasajero, no desaparece con el crecimiento económico y con un par de reformas. Aislar a los representantes equivaldría a alienar a sus votantes. La experiencia reciente de varias democracias europeas muestra que los acuerdos entre los partidos tradicionales para conservar el poder acaban alimentando el discurso antiestablishment de quien se queda fuera. En cierta forma, UP es una coalición entre quienes desean nuevas políticas y soluciones, y aquellos que buscan el poder con una estrategia frentista. Una gran coalición será un argumento poderoso para que los segundos convenzan a los primeros de que el cambio se logra con ellos, o con nadie más.

Si las fuerzas moderadas fuesen capaces de atraer a su causa a aquellos que están dispuestos a ceder a cambio de soluciones, el frentismo quedaría desactivado y las preferencias emergentes, incorporadas al sistema. Pero estas fuerzas ya no encabezan la oposición, y probablemente la elección del PSOE se reduzca en algún momento a qué costes prefiere asumir: si los de dar ya el poder a quien le ha adelantado por la izquierda, o los de crear el contexto propicio para que lo obtenga igualmente en el futuro.

II. Las coordenadas ideológicas: cuando aún no era tarde para el PSOE (El País, 28/04/2016)

La crisis ha traído a la socialdemocracia a un cruce de caminos en el que se juega su futuro. Las viejas respuestas aparecen agotadas, y la gran pregunta se abre ante sus líderes: ¿es hora de volver a conectar con sus raíces de izquierda, o mejor consolidar el viaje hacia el centro? Mientras deciden, la base se deshace. En la última década, los partidos socialdemócratas europeos han perdido uno de cada cuatro votos. En el mismo periodo, el PSOE se ha dejado la mitad, pasando de un 44% en 2008 al actual 22%. Parece evidente que el centro-izquierda se ha perdido, y necesita encontrar un nuevo camino.

Es una búsqueda hecha de varias disyuntivas. La primera es evidente: ¿debe el país abrirse al mundo o, por contra, es más conveniente protegerse de las influencias ajenas, quedarse en casa? Este dilema tiene dos vertientes: una más económica (abrir o cerrar mercados, sectores comerciales, proteger o dejar volar libres las propias industrias) y otra social y cultural, con los flujos migratorios como máxima expresión. El tercer eje es el del papel del Estado frente a las desigualdades: cuánto recaudar, cuánto gastar y, sobre todo, en quién gastar.

Hasta hace unos años, la familia socialdemócrata podía mantener una posición más o menos común frente a estas tres cuestiones: apertura cauta de mercados y fronteras, acompañada de redistribución favorable a los asalariados, tratados como un conjunto más o menos homogéneo. Pero el equilibrio se ha roto. La apertura de mercados y fronteras tiene efectos opuestos entre los trabajadores: beneficia a quienes están preparados para competir y tienen preferencias personales por el multiculturalismo; perjudica a aquellos que no disponen de los recursos para lidiar con la globalización. Como consecuencia, las prioridades redistributivas también son diferentes.

En España, la integración económica consistió en una burbuja de crédito descomunal que trasladamos a un modelo de crecimiento basado en el consumo interno, consolidando la segmentación entre trabajadores cualificados y no cualificados, estables y precarios, que no fue visible hasta que no se cerró el grifo de las finanzas. El frenazo cogió al PSOE a contrapié, sin acceso a mecanismos de redistribución para amortiguar el golpe de los (ahora) perdedores de la burbuja. Y, por tanto, sin respuestas.

Otros partidos europeos sí han movido ficha. El Partido Democrático (PD) italiano, por ejemplo, se ha decidido por la opción centrista, liberal: sí a la apertura económica y social, no al proteccionismo, y cambio en el modelo redistributivo hacia la igualdad de oportunidades. Es una opción que busca su base en un nuevo acuerdo entre ganadores potenciales de la globalización, sean trabajadores cualificados, profesionales liberales o empresarios. La alternativa de contraste la encontramos en el Reino Unido, donde el nuevo liderazgo laborista apuesta por un giro a la izquierda basado en un proteccionismo económico que no se desprende del aperturismo social, y un modelo redistributivo basado en quitar a los ganadores para darle a los perdedores para igualar en resultados.

Por desgracia para el PSOE, estos dos caminos le están vedados en nuestro país: Ciudadanos está construyendo la coalición liberal, mientras que Podemos hace lo propio con el proteccionismo de izquierdas. La situación era bien distinta para Matteo Renzi, quien vio cómo el centro quedaba libre ante la debacle de Berlusconi y su Forza Italia. Mientras, el Movimento 5 Estrellas se presenta como la postura opuesta al PD, haciendo las veces de nueva oposición. Jeremy Corbyn, por su lado, tenía la opción de recorrer terreno hacia la izquierda del laborismo. Decisiones que pueden ser cuestionadas electoralmente, pero que desde luego suponen respuestas ideológicas claras al contexto actual.

Para Pedro Sánchez, por contra, el espacio no hace sino achicarse. Más todavía en el contexto actual de negociación e incertidumbre. En cierto modo, lo que está intentando hacer el PSOE es poner de acuerdo a sus propios herederos, que no solo están profundamente enfrentados entre ellos en los ejes fundamentales de redistribución y apertura de mercados, sino que además no tienen muchos incentivos para llegar a un acuerdo porque esperan poder seguir robando apoyos al viejo socialismo. A ello se añade las divisiones particulares de nuestro país: la línea roja nacionalista por el lado de Podemos, y la imposibilidad de llegar a un acuerdo con un PP (como sí hizo el PD de Renzi con el Nuevo Centroderecha escindido de la formación de Berlusconi) manchado por la corrupción y demasiado escorado al conservadurismo clásico: redistribución escasa y centrada en las clases medias, mercados solo moderadamente abiertos, cerrazón social y cultural.

No es ésta una situación pasajera, que se resolverá con un pacto o con la convocatoria de nuevas elecciones. La fragmentación parlamentaria refleja una división real de posiciones entre los votantes. Mientras el PSOE dudaba hacia dónde dirigirse una parte de su base se desperdigó en dos direcciones distintas. Ahora, ¿qué espacio le queda? De momento, el de aquellos que en el pasado salieron ganando con sus políticas, y ahora tienen demasiado que perder como para moverse hacia un equilibrio distinto. Pero si en el futuro las tensiones actuales se hacen más profundas incluso éstos se verán forzados a tomar posiciones distintas en las cuestiones emergentes. No parece, por tanto, una apuesta muy rentable si la intención es liderar las fuerzas de progreso.

Sin embargo, el nuevo equilibrio político está lejos de cerrarse, como atestigua el vaivén de encuestas y debates internos en los partidos. Más fundamentalmente, los retos de apertura y redistribución están todavía definiéndose: no tienen una forma clara, y como siempre sucede en una democracia, los debates dependen tanto de las demandas de los representados como de la iniciativa y la capacidad de innovación de los representantes.

Es dueño del futuro quien maneja los matices. Quien es capaz de comprender la complejidad y de construir coaliciones sobre ella. La socialdemocracia española, como la europea, nació y creció gracias a una tenaz búsqueda del equilibrio. Si en el pasado la respuesta no fue absoluta, ¿por qué iba a serlo hoy? Tal vez la clave resida en no ser completamente Renzi ni Corbyn, sino en ser ambos en cierta medida: virar hacia el centro en unas cosas, y poner rumbo a la izquierda en otras. Así, queda al menos una posición alternativa por explorar dentro de la esfera progresista: la de una plataforma que proponga abrir el país social y económicamente, y al mismo tiempo construir un sistema redistributivo más robusto y generoso, dedicado a quienes han estado perdiendo y pueden perder desde ahora. Una posición mixta pero evolutiva. Quizás sea demasiado tarde para conseguirlo, pero es igualmente cierto que el PSOE jamás lo averiguará si ni tan siquiera lo intenta.

Segundo entremés: alternativa o bisagra (El País, 02/09/2016)

Si nada lo impide, España vivirá hoy su segunda investidura fallida [como finalmente sucedió]. Repitamos elecciones o no, en algún momento se logrará formar Gobierno. Pero entonces habrá que aprobar leyes y sacar adelante presupuestos, algo que igualmente requiere de mayorías. A lo de estos días se va a jugar muchas más veces, y habrá un jugador que estará siempre presente: el PSOE es necesario en cualquier suma parlamentaria viable. Pero, por desgracia, se trata de una bisagra con poco ángulo.

La norma en los sistemas multipartidistas europeos ha sido que las formaciones centristas, liberales, verdes o de nueva izquierda se hiciesen cargo de apuntalar las minorías mayoritarias de socialdemócratas o conservadores. Se trataba de partidos que no aspiraban a ganar elecciones tanto como a condicionar políticas, muchas veces con capacidad de forjar pactos a ambos lados del espectro. Pero, ¿qué pasa cuando el partido deseoso de influir no tiene una mayoría suficiente y el que la tiene es, a la vez, uno que pretende el poder?

Esa es la situación en que se encuentra España: Ciudadanos puede buscar alianzas, pero carece de los votos, mientras que el PSOE cuenta con ellos, pero al mismo tiempo aspira a gobernar. La alternativa de izquierda es, a la vez, único soporte para la derecha. Así, es difícil calificar al PSOE de “irresponsable”, pues se le imputan dos responsabilidades incompatibles.

Pero el socialismo necesita proponer una solución a la paradoja. Es cierto que ésta no se daría si no fuese porque un sector del Congreso mantiene una posición (la del independentismo) inasumible para el resto. Aun así, la realidad es la que es, y tarde o temprano el PSOE tendrá que decidir su futuro. O se resigna a condicionar ciertas políticas, o intenta liderar una alternativa que contemple el mestizaje ideológico o nacional.

Cuando la realidad política se repite, es inevitable que los comentarios sobre la misma también lo hagan. Algo en lo que quizás incurre el presente texto. Sin embargo, eso no lo hace menos pertinente: el dilema del PSOE es el mismo que hace nueve meses, pero el tiempo que ha pasado ha hecho su resolución aún más difícil y urgente. @jorgegalindo

III. Estalla la guerra: cartografía de la batalla (El País, 29/09/2016)

Llevaba tiempo en preparación, con intercambio ocasional de disparos, pero ayer se convirtió en una contienda abierta. Pedro Sánchez tomó la iniciativa convocando un debate interno en la forma de elecciones primarias y congreso del partido. Sus críticos, decía, no se atreverán a negarle la voz a la militancia. Éstos, por su lado, han decidido intentar tomar el control del partido desde arriba, basándose en la idea de que quizás los votantes más moderados tengan otras preferencias. Muchos retratan esta guerra como una mera lucha de poder vacía de contenido, pero pocas son las batallas por el control de un partido que no contraponen visiones de fondo; y no se conoce ningún conflicto de ideas que no conlleve la intención de un bando de imponer las suyas sobre las del rival. El poder y el proyecto van de la mano, y las dudas sobre el segundo suelen emerger cuando el espacio para disfrutar del primero se reduce. Como le sucede a un PSOE que encadena varias derrotas sin precedentes.

De esta manera, la guerra de las rosas dirime mucho más que el futuro de Sánchez, de Díaz, o incluso del socialismo español, pues en ella se contraponen dos visiones del papel que debe tener un partido socialdemócrata en el nuevo escenario político occidental. Escribía hace unos meses en estas mismas páginas que la formación parecía indecisa entre dos rutas: de un lado se encuentra la alternativa de colaborar con el centro y el centroderecha tradicional, o incluso ocuparlo, forjando un bloque por la estabilidad y las reformas comedidas. El primer ministro italiano Matteo Renzi representa ese camino. El contraargumento define también la vía opuesta: cualquier pacto con las élites es una traición, y por tanto el deber de la socialdemocracia es alejarse, no acercarse, al centroderecha. Hace pocos días, Jeremy Corbyn salía triunfante de su propia guerra interna, en la que también ha empleado a la militancia más movilizada como muro de contención contra los moderados (que otros llamarían establishment) del laborismo. La vía central, una en la que el socialismo se recicla para proponer nuevas coaliciones entre ganadores y perdedores de la evolución económica de los últimos años, permanece inexplorada. Y Pedro Sánchez ha decidido ir a la guerra con la estrategia de Corbyn.

La alternativa de Ferraz impide facilitar una investidura de Rajoy independientemente de las veces que el país acuda a las urnas. Para ello, se ha apoyado en la porción más movilizada de la militancia. Por eso, la cúpula solo se ha movido de su segundo plano cuando ha considerado que está dispuesta a asumir explicar a las bases por qué se hace lo contrario de lo que quieren. El argumento, según ellos, es sencillo: seguir sin Gobierno deja España en una situación de bloqueo inaceptable. No es distinto del esgrimido por el resto de partidarios de las grandes coaliciones en los países del norte de Europa. Lo que omiten es que este coste en estabilidad a corto plazo se ve compensado por el beneficio de escuchar a quien pide cambio, manteniendo el sentimiento antiestablishment a raya. La experiencia en esos mismos países apunta a que cualquier unión entre el centroizquierda y el centroderecha no hace sino alimentar las pulsiones extremas en ambos lados del espectro.

Si se emprende un viaje al centro, se desdibuja la redistribución y potencia a sus rivales antielitistas

Los nuevos partidos contienen esa intención de asalto al poder tanto como representa un deseo de modificación profunda en las politicas y en las instituciones. Fomentar lo segundo sin dejar espacio a lo primero es el gran reto de la vieja izquierda, y la vía de concentración no lo facilita.

Es por eso que es esta una guerra que no acaba aquí, ni dentro de nuestras fronteras, sino que se libra en la esfera continental: los distintos partidos socialdemócratas del continente vienen tomando posiciones desde hace años. Impulsados por convicciones ideológicas o por necesidades de competición electoral, la socialdemocracia europea en pleno enfrenta el mismo dilema: estabilidad o cambio. El viaje hacia el centro, que ha sido su ruta más habitual en las últimas décadas, no resulta hoy muy atractivo. La ausencia de un crecimiento ecónomico sólido y, sobre todo, repartido de manera equitativa debilita los argumentos de quienes propongan profundizar en el capitalismo, así sea con un corte social: para qué, pensarán muchos votantes, si ya no salimos ganando con el sistema actual. Ante semejantes situaciones de crisis estructural los socialdemócratas se han caracterizado por proponer nuevos proyectos que retejiesen la relación entre Estado y mercado. Pero hoy día carecen por completo de uno. O, mejor dicho, han renunciado a él.

Cuando el movimiento es hacia la izquierda, se puede terminar por dar alas al conservadurismo

En realidad, la ruta de la innovación ya ha sido señalada por otros: reformas estructurales a cambio de amplio estímulo fiscal con universalización y mejora de las coberturas, a pagar por el capital y por las clases medias y altas, en una combinación que permita afrontar los retos que plantea la globalización y la tecnificación del mundo del trabajo, impulsando al mismo tiempo la plena igualdad de la mujer en el terreno económico y social. El relato está ahí, pero la clave es que ya no funciona a nivel estatal. En una Europa dividida entre acreedores y deudores, la única manera de llevar adelante un nuevo proyecto de crecimiento inclusivo es con un pacto entre los primeros y los segundos. Pero los socialdemócratas europeos llevan años atrapados en la separación progresiva de ambos mundos, de manera que Alemania cada vez está más lejos de Grecia, y Holanda, de España. Ahora, con un espacio electoral mucho más reducido en sus plazas nacionales, el centroizquierda se afana en buscar maneras más simples de sobrevivir. Llegó su hora de administrar la miseria.

La guerra de las rosas del PSOE no es más que un episodio de esta gran contienda. Si finalmente se emprende un viaje al centro, se desdibuja la redistribución y potencia a sus rivales anti-elitistas. Pero si el movimiento acaba siendo hacia la izquierda sin matices, se habrá producido un equilibrio inestable de futuro incierto, que posiblemente dará alas al conservadurismo. La integración europea, única respuesta al entuerto, se ha quedado así huérfana de la atención que merece. Salvo por aquellos que, por supuesto, están contentos de tenerla toda para ellos, como chivo expiatorio perfecto. Resultaría triste, y paradójico, que Europa muriese por la cobardía de quienes en el pasado crecieron bajo su manto, pero hoy no se atreven a defenderla. Así les vaya la vida en ello.

IV. Reconsideración de posiciones: el PSOE y la ideología (Politikon, 30/09/2016)

En la batalla abierta por el PSOE, las posiciones ideológicas de cada parte son menos claras de lo que parecen. En el texto central del artículo afirmaba que mientras el lado de Sánchez apuesta por explorar alternativas más a la izquierda, sus críticos probablemente asumen que es mejor abstenerse para facilitar la viabilidad de un pacto de centro-derecha (PP-C’s). La disyuntiva, creo, es muy real, y se representa sobre todo en la división entre una base de militantes movilizados de izquierda, y votantes menos interesados y más moderados. Pero eso no quiere decir que se termine aquí, ni que los representantes de cada facción se hayan movido a esas posiciones por una convicción ideológica profunda: más bien se han encontrado en ellas. El proceso me parece más complejo, y se escapa del formato de tribuna de 1.100 palabras, así que me permito este pequeño apéndice para explicar mi visión.

Lo recordaba Pepa Bueno (y otros) esta misma mañana: cuando Pedro Sánchez ganó las primarias socialistas lo hizo no sólo gracias a una alianza con la federación andaluza, sino también con una posición ideológica que todos percibían como más centrada. Era éste un acuerdo para desplazar a su rival, Eduardo Madina, que se consideraba más a la izquierda. Pero había aquí dos divisiones añadidas que no eran tan evidentes. Las apuntaba Pau Marí-Klose ayer en Twitter. Por un lado tenemos la cuestión territorial. La izquierda española siempre ha estado más o menos dividida en sus preferencias territoriales: mientras los votantes (habitualmente socialistas) de Andalucía, Extremadura o las Castillas han apostado normalmente por un ejecutivo menos descentralizado, los más heterogéneos de las comunidades históricas piensan más en el autogobierno. En su momento, es de suponer que a Madina se le percibía desde las federaciones más centralistas como la representación de las otras. Sánchez fue, en un primer momento, aliado de las primeras, pero ha acabado con las segundas por cuestiones de contexto. Como digo, se han encontrado, antes que buscarse.

Por otra parte, es imprescindible tener en cuenta la división generacional (a falta de un mejor nombre). En ese sentido, tanto Sánchez como Madina representaban en su momento a los nuevos llegados. Pero, curiosamente, el primero cerró un pacto con quienes ya estaban allí, y no el segundo. El por qué da un poco igual, el caso es que se trataba de una tregua. Aún más curioso resulta que, de lo que conocemos de las posiciones ideológicas de Sánchez, éste se parezca más al socio-liberalismo (es decir, más centrado) que a la izquierda de las bases del PSOE. Probablemente, en un plano estricto de políticas a desarrollar, la facción crítica sea más similar a estos militantes, e incluso a la parte más funcionarial y heredada del viejo socialismo que tiene Podemos: regulación laboral pro-insider, fuerte presencia estatal, defensa del sistema actual de pensiones… Por el contrario, Ferraz ha mostrado una cierta flexibilidad temática, ya sea hacia el centro o hacia la innovación. Lo hizo en su pacto con C’s, sin ir más lejos. Pero he aquí la paradoja de combinar la competición partidista en varias dimensiones con las guerras internas: la brecha izquierda-derecha queda eclipsada por la generacional y los ‘nuevos’, a quienes en otras condiciones no les importó explorar una vía más centrada, acaban por desplazarse justo hacia el otro lado porque necesitan a las bases para enfrentarse a la vieja izquierda.

Al fin y al cabo, el PSOE está en una situación endiablada, electoralmente hablando. Algunos partidos socialdemócratas, como el PD italiano, tienen competencia por la izquierda (bueno, el M5S es una amalgama extraña, pero desde luego gana votos por ese lado) pero tienen espacio en el centro. Si en otros casos el tapón estará por ahí, entonces la vía de la izquierda será la más lógica. Aún en otros se trata de una cuestión estrictamente ideológica, como pasa con Corbyn (y también con Renzi, en cierta medida, pues su pasado es netamente centrista). Pero para el PSOE no hay opción fácil porque tiene competencia, y no precisamente débil, a ambos lados. Además, tanto Podemos como C’s le planta cara en el eje generacional. Y en el territorial, la competencia no es menos feroz: las federaciones socialistas en comunidades con presencia nacionalista están igualmente aprisionadas.

En definitiva, el PSOE ha pasado de ser “el partido que más se parece a España” al que acoge todos los conflictos que atraviesan al país. Si esto lo combinamos con la lucha de poder proveniente del hecho de que Sánchez era el primer Secretario General escogido por voto directo, como agudamente apunta Pablo Simón, tenemos el desastre servido. Un desastre para el que no hay respuesta clara, de momento.

VI. Fin de la batalla: el PSOE que queda (Politikon, 04/10/2016)

Tras cerrarse (el primer capítulo de) la guerra de las rosas, el PSOE queda a manos de una gestora eminentemente controlada por la facción ganadora en la batalla. Mucho se ha hablado de ella: se ha dicho que sólo estaba movida por el poder, también que representaba un intento de la élite establecida por mantener su estatus, que suponía un movimiento hacia el centro contrapuesto con un supuesto izquierdismo incipiente de Sánchez, e incluso ellos mismos han afirmado que su precipitación se debe a un supuesto acuerdo entre éste y los independentistas que hubiese puesto en cuestión la unidad de España. Más allá de las hipérboles propias del debate caliente, es cierto que la guerra tiene implicaciones en los cuatro frentes, aunque por ello todo es más complejo de lo que parece a simple vista. Vale la pena considerarlos uno a uno.

Estrategia

En la superficie, la batalla del PSOE parecía una encaminada a decidir de qué manera puede el partido sobrevivir mejor al reto que enfrenta. Este no es otro que un drástico reacomodo electoral. El mismo que están enfrentando tantos otros partidos socialdemócratas europeos, pero de manera más drástica que la mayoría. El PSOE partía de un punto más elevado que muchos de ellos, pues el equilibrio cuasi-bipartidista le garantizaba más de un 35% casi sistemáticamente. Su desgaste paulatino (que viene de años, y que se notaba en ciertas áreas incluso antes de Rubalcaba) y la competencia surgida por izquierda y derecha le pone en el entorno del 20%. En concreto, como ya todos sabemos, le pone en esta elección en el dilema de pactar o no con el PP. Hacerlo, así sea vía abstención, le acerca peligrosamente a aquello que sus nuevos rivales quieren que se acerque: la idea de que son lo mismo que los populares, para así poder diferenciarse. Pero también le reporta la capacidad de influir en política pública y el supuesto plus de la responsabilidad. Sin embargo, tras la profunda y dañina batalla que tuvo tal dilema como detonante, es dudoso que vaya a obtener ninguno de esos beneficios. Pablo Simón comentaba acertadamente que, decidiese lo que decidiese, el PSOE se había colocado en un callejón sin salida:

Si se abstiene tras una conjura exitosa contra Sánchez, perderá el apoyo de muchos votantes y militantes. Si ponen otro candidato, en las terceras el despeño parece asegurado.

Por eso mismo, el PSOE pierde por el momento una gran parte de su capacidad de condicionar la agenda: porque la amenaza de terceras (o de anticipadas) está del lado del PP mientras no se demuestre lo contrario. A lo más que puede aspirar el socialismo a corto plazo parece ser a intercambiar aprobación de presupuestos estatales por regionales allá donde gobierna y Podemos amenaza con romper relaciones, precisamente para reforzar su diferenciación con el rival. De esta manera, los barones críticos ven asegurado aquello por lo que más temían las iniciativas de Sánchez. Por eso mismo la opinión de abstenerse ni siquiera es excesivamente popular entre los ‘rebeldes’: ¿qué va a hacer Ximo Puig, por ejemplo? Demos un momento por sentado que la abstención es inevitable: si el PSOE hubiese tomado la misma decisión hace tiempo (digamos, al pasar el 26J), con un Podemos más debilitado y el sorpasso descartado, habría contado con más poder de negociación. Así pues, en el plano estratégico, queda un PSOE debilitado y dividido, que no está claro si es capaz de aceptar su nuevo lugar electoral en el mundo.

Territorio

Probablemente, la dimensión de debate sustancial más evidente en el conflicto socialista es la territorial. Mientras el bando de Sánchez presentaba alianzas con la mayoría de federaciones menos centralistas (pero no todas), Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha encabezaban el frente contrario. El PSOE que queda está dominado por aquellos que, dentro del partido, tienen una preferencia más fuerte contra una mayor descentralización, o incluso una hipotética concesión de autodeterminación. Las tensiones ya se dejan sentir, con un PSC sugiriendo (en mitad de su propia batalla interna en forma de primarias) romper la disciplina de voto si en Madrid deciden abstenerse por Rajoy. ¿Hasta qué punto puede llegar esa tensión? El socialismo catalán está muy debilitado, y no parece tener demasiado espacio para aventurarse demasiado lejos de la casa del padre. Pero si este hogar empieza a desmoronarse, entonces tal vez sea mejor salir corriendo. Queda también la duda de qué pasará con las reclamaciones de las federaciones ‘descentralizadoras’, o que aspiran a revisar los acuerdos de financiación y ordenación territorial, como quizás es el caso de la valenciana. En definitiva, queda un PSOE aún más fracturado por el eje territorial, y con un dominio, antes velado y ahora claro, del centro-sur.

Ideología

En su último formato, la facción perdedora de la guerra de las rosas representaba la pulsión más izquierdista del partido por dos razones: estaba dispuesta a pactar con Podemos y, sobre todo, apelaba al apoyo de los militantes. Susana Díaz llegó a contraponer a la militancia con los votantes, dando a entender implícitamente que los segundos eran más centrados y más importantes (aunque acto seguido se preocupó mucho de subrayar que no había “socialistas de izquierdas y de derechas”). Esta contraposición de última hora tiene, en mi opinión, fuertes consecuencias de corto y medio plazo, pues el electorado de izquierdas percibirá que su partido ha sido tomado por entes ajenos a su posición ideológica, y las mayores pérdidas vendrán por ese lado. Ahora mismo, da un poco igual que Sánchez no sea un izquierdista: así es percibida su derrota. Unidos Podemos se encuentra en el entorno del 45%-50% del voto en el 2-3 de la escala ideológica, y en el 21% en el punto 4. Aún le queda cierto espacio para crecer.

Sin embargo, las consecuencias a largo plazo son más complejas. Y para comprenderlas sí necesitamos mirar al pasado y recordar precisamente eso: que Sánchez no es un izquierdista al uso del socialismo español clásico.

Renovación

En su afán por sobrevivir antes de las segundas elecciones, el ex-Secretario General socialista llegó a un acuerdo con C’s que incluía reformas de corte socioliberal. Con ello no sólo se alejaba de la izquierda pura, sino también de la vieja izquierda. De haber tenido Podemos una predisposición más abierta al acuerdo (y ellos mismos han admitido que el manejo de las negociaciones tras el 20D no fue el mejor para sus intereses), tal vez habría entrado en liza antes que C’s, y habríamos visto innovaciones similares con un tono más redistributivo. Posiblemente, Sánchez no representaba el espíritu de renovación en sus inicios por el acuerdo que mantenía con la federación andaluza, pero desde luego que hizo gala de su flexibilidad cuando le fue necesario. Incluso se atrevió a incorporar algunas personas ajenas al aparato en las listas. De nuevo, da igual que Sánchez fuese un creyente en la renovación, que lo viese como una táctica de crecimiento, o que simplemente fuese joven y pusiese banalidades en Twitter sin preocuparse demasiado de que más tarde sería candidato a la Presidencia. El caso es que constituía un vehículo para cierto recambio generacional, e incluso de ideario. El PSOE que queda, no en vano defendido por la vieja guardia, se parece algo más a lo que siempre hubo.

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Es ésta por fuerza una imagen coyuntural. Al fin y al cabo, no hace ni dos días del fin de la guerra, y no sabemos dónde puede acabar el nuevo equilibrio en el largo plazo. Por otro lado, un PSOE controlado por Sánchez podría haber desembocado en unas inciertas terceras elecciones, con el riesgo de un castigo electoral irreparable para el partido, desmembrándolo de manera profunda. Por desgracia, no disponemos de una España Dos en las que observar qué hubiese pasado en tal caso. Lo único que sabemos es que ahora mismo es este, y no otro, es el PSOE que queda.

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Sentirse perdedor

(El País, 16/09/2016)

En una democracia, la facción que controla el poder puede perderlo en las urnas. Esta definición mínima, propuesta por el politólogo Adam Przeworski, es de suma importancia: en teoría, la democracia funciona porque ningún grupo monopoliza la toma de decisiones, impidiéndole acaparar los recursos disponibles. ¿Pero qué sucede cuando un sector siente que pierde de manera permanente?

La palabra clave es “siente”: basta con que esa sea su percepción, con que el espacio entre lo que esperan y la realidad sea lo suficientemente grande. Los países occidentales parecen llenarse de estos perdedores por expectativas. Para algunos es una cuestión material, o de oportunidades. Para otros, se trata de preferencias más abstractas: una idea de nación, de comunidad. Pero ninguno de ellos considera que la democracia funcione bien como sistema para repartir derrotas.

Probablemente, tanto la Gran Recesión como las consecuencias de la globalización para ciertos colectivos explican parte del fenómeno. Pero, en paralelo, los mimbres con los que se construye el debate en democracia se han ido retorciendo. La fragmentación mediática ha desembocado en un mercado de información más horizontal. Internet ha hecho el producto más accesible. Y la proliferación de datos y estadísticas de todo tipo sin la necesaria cautela que aconseja la incertidumbre constituye una munición dialéctica perfecta.

Ahora es más fácil armarse de hechos que respalden nuestros prejuicios. Lo que cuenta es aquello que se siente como cierto. El presuntamente agraviado, pues, lo tiene más fácil para confirmar su visión del mundo. Pero, atención, el mismo mecanismo refuerza la visión positiva del supuestamente privilegiado. Entre ambos se alza un muro que ya no se construye solo con opiniones contrapuestas, sino con hechos que, aunque parciales, aparecen como incontrovertibles para cada lado. Desgraciadamente, esta guerra de percepciones y expectativas se olvida de los que siempre fueron perdedores. Aquellos a quienes, demasiado a menudo, la pobreza quita el aliento necesario para alzar su voz en democracia. @jorgegalindo

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La era de las minorías

(El País, 16/08/2016)

Tras votar dos veces seguidas en seis meses, parece bastante claro que la nueva fragmentación parlamentaria ha llegado para quedarse. Con ella se acabaron las mayorías fáciles. Pero aunque las negociaciones comienzan a abrirse para la investidura, la opción de forjar coaliciones o pactos de legislatura de largo alcance no parece la preferida por los partidos. La distancia ideológica se suma a la esperada pérdida de votos para quien ose convertirse en socio, cruzando la trinchera. Parece, pues, que nos adentremos en una suerte de era de las minorías, que no se evaporaría con una eventual repetición de las elecciones.

Con su advenimiento, el nuevo Congreso se convierte en un auténtico contrapeso del Ejecutivo. Esto es una novedad considerable para partidos que acostumbraban a reinar desde La Moncloa y, como mucho, llegar a acuerdos puntuales para sumar cinco o diez escaños. A corto plazo, todos están preocupados con el coste de estabilidad e incertidumbre que puede traer una minoría tan exigua, particularmente en la aprobación de Presupuestos anuales, y en cualquier aspecto que restrinja de manera inmediata la acción del Gobierno. Un escenario de bloqueo continuado no es, por desgracia, descartable.

La razón para el pesimismo es el dilema que enfrenta cada partido desde el minuto cero de la legislatura. Quien ocupe el poder contará con una amplia gama de opciones para llegar a pactos que permitan aprobar medidas, pero esto le hará considerablemente vulnerable a una retirada de apoyos de sus socios eventuales, dejándole en bandeja la posibilidad de mantener una posición fiel a sus principios, acusando a los demás de intransigencia. Por su parte, las formaciones en la oposición deberán escoger entre influir en las decisiones y el coste electoral que acarrea cualquier pacto con el enemigo, sea éste quien ocupe el Ejecutivo u otra formación en cualquier extremo del abanico parlamentario. Un Gobierno minoritario es un equilibrio en mitad de una batalla soterrada, sin duda, pero la pregunta es qué garantiza que el equilibrio caiga del lado de la colaboración y no del bloqueo.

Afortunadamente, otros han jugado antes a este mismo juego en Europa. En los países escandinavos, que tan a menudo se escogen como modelo a seguir, los Gobiernos en minoría han sido históricamente frecuentes. En Dinamarca, por ejemplo, conservadores primero y socialdemócratas después llevaron adelante una serie de reformas desde Ejecutivos minoritarios que cambiaron el país en los ochenta y noventa. Como aquí, cada ley tenía que pasar por el filtro de un Congreso fragmentado. Los Gobiernos eran inestables, pero también razonablemente efectivos en sus acciones, particularmente en la época socialdemócrata (1993-2001). De su experiencia pueden extraerse algunas lecciones.

Para empezar, cuanto mayor acceso a uno y otro lado del espectro tenga un partido, más podrá construir. Si la formación en el Gobierno solo tiene un socio o grupo de socios viable, el poder de estos es total. Si uno de ellos, como es el caso del PSOE, se encuentra en una posición pivotal, podrá hacer uso de ella para repartir votos y vetos en función de una agenda determinada, forzando incluso iniciativas legislativas que, siendo propositivas, pongan en apuros a un hipotético Gobierno conservador.

Pero un rol centrado no es condición suficiente. Aún más importante resulta la flexibilidad a la hora de llegar a acuerdos. Los Presupuestos daneses bajo enseña minoritaria, por ejemplo, se diseñaban a la manera de un mosaico colaborativo. El partido en el poder entraba en contacto con las formaciones de la oposición para recibir su apoyo a cambio de tal o cual partida. En España, hasta ahora, el proceso de elaboración de los Presupuestos Generales ha descansado sobre el poder ejecutivo de manera sustancial. Y aunque el mandato legal establece que la iniciativa pertenece al Gobierno, la aprobación final depende de la mayoría parlamentaria, con lo que las negociaciones entre partidos pueden alcanzar un rango político tan amplio como los participantes estén dispuestos a explorar.

Lo dicho para los Presupuestos sirve para cualquier combinación legislativa. Una virtud de este intercambio cooperativo de votos es que permite resolver situaciones que, de otra manera, llevan a ciclos que se estancan en el no por el no. Precisamente, esta es la situación en que parecen encontrarse los partidos hoy día más allá de la investidura, que debería superarse con el fin de que el sistema eche a andar en algún momento.

En cualquier caso, es necesario ser realistas, incluso prudentes. La consolidación de un parlamentarismo constructivo no es tarea fácil. Algunas características de la situación española no dejan mucho lugar para el optimismo, distanciándola del ejemplo danés. Aquí, el partido con más opciones de formar Gobierno está en el extremo de todos los ejes que importan: izquierda-derecha, descentralización-centralización, regeneración-continuismo, pero eso no le quita el puesto de vencedor electoral. La formación pivotal, el PSOE, se encuentra inmersa en una parálisis favorecida por un conflicto interno latente que no le permite definir una agenda propia. Y al otro lado, un partido de nuevo cuño lleva medio año dividido entre el dilema arriba descrito: influir desde ya o alimentar la promesa difusa de sobrepasar a su rival, al mismo tiempo su socio natural.

Y, sin embargo, la parálisis no puede ser eterna. En Dinamarca, que también partía de una situación de fragmentación sobrevenida y polarización aumentada tras unas elecciones que sacudieron el panorama político en 1973, los vetos cruzados solo se superaron tras años de trabajo, cuando el partido en el poder asumió la necesidad (y tuvo la posibilidad) de maniobrar en un espectro más amplio sin miedo al castigo en las urnas y cuando las plataformas en los extremos fueron incorporadas a la dinámica parlamentaria. Los dobles comicios en España, y en particular la ausencia de prima a quien no se sentó a buscar pactos, deberían convencer a las formaciones patrias de que las preferencias de los votantes están consolidadas, asegurándoles que lanzarse a negociar con agenda abierta no es saltar sin red.

En definitiva, la posibilidad de hacer fructífera la minoría existe. Puede alcanzarse si los partidos están dispuestos a explorar la ruta de la flexibilidad, los acuerdos puntuales y la acción parlamentaria constructiva. Para ello, deben saber que el votante premiará a quien se esfuerce en legislar o, más bien, no castigará la promiscuidad ideológica de manera fehaciente. Por desgracia, los votantes no están siendo todavía demasiado flexibles. Pero otras experiencias subrayan que el camino es transitable. En cualquier caso, políticos y ciudadanos deberíamos tener presente que el bloqueo permanente no es algo que España se pueda, o se deba, permitir. Al contrario, la era de las minorías podría ser una oportunidad para el cambio.

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The Three Souls of Podemos

(Politikon, 25/02/2016)

Five days ago, the negotiators of Podemos and PSOE gathered for the first time, accompanied by representatives from similar ideological forces. The base document for the negotiations presented by Podemos is quite the peculiar political object. The document may reveal, as nothing else can, what is essential to understand the party’s actions since December 20th. Podemos can be considered a kind of coalition with three interests whose hierarchy is not clear: the desire to make new policies (from their point of view) different from those implemented in recent times; their intention to “storm the heavens”, becoming the key formation in a government of “change” (definitively, on the left of the ideological spectrum); and the aspiration to give voice to “pluri-nationalism” in Spain, particularly (but not solely) offering a solution to the Catalan question, in the form of a referendum of self-determination. The problem for Podemos, of course, is that these objectives are not necessarily in step with each other. Conversely, they can even be in conflict.

In the list of specific measures proposed by Podemos, there are many items in which an agreement does seems possible, not only with PSOE, but also C’s (through abstention of one or the other). Some of this common ground has already been discussed in media as well as by Socialists in their own response document. In their reply, there are proposals not explicitly stated, though previously recognized by PSOE which I list here (though incomplete): employ a mechanism to fight against poverty, or a guaranteed fixed income; combat the workforce gender gap through paternity leave, amongst others; changing the electoral laws to create more proportionality in the system; implement reforms in education and healthcare, although they would have to discuss the expense involved (see more below); and finally, in the section dealing with detailed corruption reforms, almost all seem perfectly acceptable for the other partners involved: more independent government agencies (AAPP in Spanish), protections for whistleblowers, more clearly defined conflicts of interest.

Other specific aspects would require considerably more intense negotiations, possibly becoming unachievable. Initially though, these could be subject to debate. The deferment of the deficit limit and the growth of public spending is meaningful. The parties involved will have to discuss the pace and realm where the spending would take place, but this would be a negotiation of limits and sources (particularly the eventual tax increase, or the optimistic fiscal calculations of Podemos), and not of the baseline. The related questions with labor regulations, most importantly concerning indefinite contracts, could also create a considerable hurdle. But there would be room for agreement in things like paternity leave, regularized overtime, restricting temporary employment, and minimizing contract fraud.

The set of concrete measures, ultimately, constitutes a logical base of negotiation for a party interested in reforming governmental policies. However, for the aspirations of Podemos (and their partners) this is seemingly insufficient in both the document and the Iglesias’s own negotiating strategy, which includes demands in two structural areas.

The much discussed call for a “super vice-presidency” with broadened powers —as well as the highly detailed definition of each Ministry and the requirement to choose by consensus the 70-plus senior officials— responds to an explicit aim of taking up positions inside institutions, for a party that currently feels outside of them. This can be read as an aspiration (and for Podemos, the window of opportunity) to occupy that space. In any case, it responds to an attack strategy that places any of the partners (that at the same time are potential victims) in an impossible position. Notably, this enters into a partial conflict with some of the specifically elaborated proposals in the section on corruption, to the extent that the plan to subject judges and attorneys to political directives has been corrected in subsequent versions of Podemos’ proposed document. The lesson is clear: weakening those who can facilitate the passing of some (if not all) of your preferred policies is strenuously difficult combination.

Nevertheless, the demand for a nonbinding referendum of auto-determination in Catalonia through Article 92 of the Constitution is possibly the most hotly debated “red line”. It is worth noting who exactly supports this proposal. If it implies a partial (and not a national) plebiscite, PSOE, and obviously C’s and PP, are opposed. At the same time, if it remains nonbinding and without legal guaranteed, the independentists will not be seduced. The proposal, as it stands, lingers in a political no man’s land, without seeming to build any bridges between the two opposing camps in Madrid and Barcelona. Thus, its utility to forge a left-wing government that moves forward with the array of aforementioned policies is scant, if not counterproductive. In contrast, the platform created by BCN En Comú could yield considerable electoral results, in the short and medium term.

The contradictions regarding pluri-nationalism go beyond this, since Podemos’ other two partners have their own agenda that, although pointing towards decentralization, show little to no interest in a referendum. On the contrary, Compromís is already governing in Valencia with PSPV-PSOE, and En Marea and PSdG seem poised to join forces as the alternative to PPdG in the Galician elections at the end of the year. Compromís already withdrew from the shared platform of Podemos, and En Marea is considering maintaining negotiations with PSOE by themselves. Although those wanting to “storm the heavens” and En Comú Podem are seemingly in lockstep, the Galicians and Valencians are on a different path, one aimed at finding common ground with natural partners from their autonomous communities, and therefore similar in securing specific changes.

If the pro-referendum and “revolutionary” incentives go in one direction, and the “gradualist” Catalans and Galicians go in another, does this mean there are two fronts in Podemos and its orbit? Not necessarily, since there will be many members of the party with three souls (plurinationalism, wealth redistribution, and change of actor) each with a varying degree of importance. Perhaps this is not as much of a fight between people as it is a internal conflict of preferences. The incompatibility exists, though, and it will manifest itself more evidently through PSOE’s plan— that Pablo Simon explains so well—which is based on exploiting these contradictions, if carried out as they hope. If not, their rival/potential partner fails in a way that is obvious to all: the gradualism will be unnecessary and be substituted by the “revolution” which could reach everywhere else. Unless Pedro Sanchez is questioned and an internal crisis opens, it is improbable that PSOE collapses so immediately. Therefore it seems difficult, if not altogether impossible, that Iglesias and company achieve everything at the same time: storm the heavens, reform concrete policies, Catalan self-determination, and a left-wing government with a plurinational balance. As my mom always told me when I was young, even though it infuriated me tremendously each time: you can’t always get what you want.

Translated by Mike Presiado.

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La oportunidad de Pedro Sánchez

(AHORA, 12/02/2016)
Hace unos 45 días el PSOE parecía derrotado. La euforia de los 69 escaños de Podemos y sus socios, su exigencia inasumible de un referéndum catalán, dejaban a Pedro Sánchez ante una disyuntiva imposible. El líder socialista podía intentar pactar con el independentismo y arriesgar al mismo tiempo su propia cabeza y los apoyos moderados del partido en otras autonomías. Yéndose al otro extremo, Sánchez podía facilitar la investidura de Mariano Rajoy, jugándose una ruptura con su militancia y regalándole la campaña de “la casta” a Podemos. Por último, restaba la opción de no hacer nada, dejando que se repitiesen elecciones, asumiendo el coste asociado con la culpa de la falta de acuerdo (que probablemente incluía el recambio en la secretaría general) y rezando para que Podemos y compañía no lograsen el sorpasso. Ciudadanos quedaba arrinconado, imposibilitado para cerrar un acuerdo con la izquierda dada la línea roja de la soberanía nacional que le situaba en el lado opuesto a Podemos.El mismo PSOE que se hundía entonces encabeza hoy las negociaciones para formar gobierno. Tanto Albert Rivera como Pablo Iglesias se han mostrado no solo dispuestos sino interesados e incluso, en el caso del segundo, cercanos. Por el momento, ambos mantienen una suerte de veto cruzado, y mientras Podemos insiste en que es necesario intentar un acuerdo por el cambio y “sin las derechas” incluyendo al nacionalismo, Ciudadanos se afana en exigir responsabilidad de Estado a Mariano Rajoy en forma de abstención favorable a la propuesta de Sánchez.

Ahora bien, ninguna de las dos opciones parece viable. Los independentistas se han excluido a sí mismos de cualquier pacto porque, mientras su frente se mantenga unido en la Generalitat, no necesitan ceder. Rajoy no parece tener incentivo alguno para regalarle el gobierno a su principal opositor mientras las encuestas no muestren desgaste electoral para el PP. Así las cosas, la opción de algún tipo de acuerdo a tres bandas entre PSOE, Podemos y C’s sobrevuela el Congreso. Es esta, y siempre ha sido, la mejor alternativa para Sánchez, pues le permite formar gobierno contentando a sus militantes, a la izquierda del votante mediano, pero sin alejarse de la moderación y sin dar razones a su oposición interna para crecer. Nadie, ni siquiera los protagonistas de la negociación, pueden prever a día de hoy qué sucederá. Pero el vuelco en quién lleva la sartén por el mango es evidente. Cabe preguntarse qué ha pasado, y si la racha durará. Para que lo haga, el líder socialista deberá demostrar firmeza y equidistancia a partes iguales.

En realidad, Pedro Sánchez siempre fue el protagonista de la historia que empezó el 21 de diciembre, pero al principio no quiso o no pudo asumir su papel central. Desde el principio fue evidente que el suyo era el único partido que formaría parte de cualquiera de las combinaciones de gobierno posibles. Entonces tuvo la opción de asumir tal hecho y tomar la iniciativa, iniciando contactos con las demás formaciones para explorar alternativas y planteando un programa negociable de políticas a desarrollar. Sin embargo, Sánchez ha esperado a que Rajoy renuncie explícitamente a dicha iniciativa. Con ello se le ha escapado un mes y medio durante el cual Podemos ha explotado las contradicciones del adversario y se ha permitido incluso hacer la primera oferta de gobierno desde los comicios.

Tal hecho ocultaba que la formación morada tiene sus propias tensiones internas, que son en realidad mucho más frágiles que las del resto, en tanto que es una plataforma a medio construir formada por distintas sensibilidades. Así, por ejemplo, las llamadas confluencias no tienen sus incentivos necesariamente alineados con Madrid, y a veces ni siquiera entre ellas mismas, como demuestra la decisión de Compromís de salirse de la disciplina pactada en precampaña: al fin y al cabo, para la coalición valenciana la arena autonómica es la fundamental, y ahora mismo están en una coalición bien avenida con el PSPV. Ada Colau y su plataforma local, por su lado, han decidido dar un paso al frente en la formación de partido propio a nivel catalán. En Galicia hay elecciones este año, y cualquier alternativa al PP pasará por un acuerdo entre el PSdeG y En Marea. Con todo, una reedición de las elecciones generales no asegura la reedición de las confluencias. Así, el sorpasso se aleja, y también la osadía de forzar la repetición con líneas rojas.

Todo esto no quiere decir que el PSOE haya resuelto su cuestión interna. Solo la ha aplazado y ahora el calendario es claro: antes del 26 de abril podrán presentarse candidaturas alternativas al liderazgo de Pedro Sánchez, escenario probable si el actual secretario general no tiene algo sólido que presentar a sus cuadros regionales. Más aún: no hay nada que garantice que Sánchez vaya a mantener el pulso de la situación. Para ello debe ser consciente de que su mejor estrategia es presentar una propuesta que sea imposible de rechazar de plano tanto para Podemos como para Ciudadanos. Un acuerdo de mínimos que obligue a retratarse a quien diga no. Cualquier otra opción no explotará las contradicciones de Podemos, ni impedirá que Rivera pueda salirse con una razón suficiente para sus votantes. Un subsiguiente fracaso sin culpables claros devolvería al PSOE al día después de las elecciones, a una situación en la que solo podrán decidir cómo y por cuánto quieren perder.

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Anticipando la frustración

(EL PAIS, 07/01/2016)

Para colmar sus notorias ambiciones, Pablo Iglesias ha forjado una alianza en Catalunya que puede resultar tan fructífera como peligrosa. La frustración y el desacuerdo de amplias capas de la sociedad catalana por su relación con Madrid es innegable. El mero hecho de que exista tal demanda indica que debe ser atendida. Pero hacerlo sin partir de presupuestos realistas no hará sino constatar que tampoco Podemos es capaz de superar el muro contra el que la izquierda lleva años estrellándose.

Hace más de una década el acuerdo múltiple entre el PSOE de Zapatero, el PSC de Maragall, ERC e ICV empujaba al mismo tiempo una agenda social y otra de autogobierno de Catalunya. Pero el nuevo Estatuto de Autonomía fue severamente diezmado en Madrid. Primero, en el Congreso, bajo la batuta de un histórico del socialismo andaluz, Alfonso Guerra. Después, en un Tribunal Constitucional dominado por los conservadores. Como consecuencia, Zapatero perdió el apoyo de ERC, mientras el PSC se veía sometido a una tensión sin precedentes entre su pulsión catalanista y sus votantes ajenos al nacionalismo, en su mayoría clase obrera del ’cinturón rojo’ del área metropolitana de la Ciudad Condal. El PSOE de hoy no puede permitirse volver a tal dilema, lo que hace inasumible la exigencia de un referéndum de autodeterminación.

El problema no se limita a las organizaciones de ámbito estatal. Un partido tan netamente independentista y de izquierdas como la CUP acaba de someterse a un dilema que casi lo parte en dos. De hecho, al ser preguntados por una hipotética alianza entre la formación anticapitalista y una variante de las candidaturas mixtas integradas por Podemos en Catalunya, las facciones de las CUP mantienen sus diferencias: quienes decían que no a Mas darían el sí a semejante pacto, y viceversa.

La moraleja es clara. Llevar adelante de manera simultánea una “revolución” social y otra nacional requiere de mayorías que parecen ser mutuamente excluyentes. Ahora, y en el futuro. Si el día de mañana Podemos consiguiese gobernar gracias a una coalición con fuerzas nacionalistas bajo la promesa del referéndum, cabe preguntarse cómo la cumpliría sin contar con la improbable mayoría necesaria en el Congreso. Y qué tensiones se crearían entre el núcleo de un partido que nació para luchar en la arena económica y social, más que en la territorial, y un satélite catalán que define su propia trayectoria, como tanto subraya Ada Colau.

Ahora mismo, Iglesias y sus aliados parten de posiciones que están más lejos que cerca del centro político, por el cual debe pasar cualquier solución negociada. Ignorar este hecho puede reportar éxitos inmediatos gracias a la polarización, pero a largo plazo solo alimenta el enfado y la frustración de quienes verán sus expectativas defraudadas una vez más.

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La estrategia de los extremos

(EL PAIS, 28/12/2015)

En ajedrez y en otros juegos, la palabra alemana zugzwang define el momento en que uno de los contendientes se ve obligado a decidir entre varios movimientos sin que ninguno de ellos le resulte conveniente. Al no poder pasar turno, el jugador solo puede escoger de qué manera prefiere recibir el golpe. Desde el pasado lunes 21, el PSOE está en una posición de zugzwang como consecuencia de la estrategia escogida por Podemos: al condicionar el apoyo de sus 69 diputados a la realización de un referéndum en Catalunya, los socialistas se ven obligados a elegir entre explorar dicha posibilidad (algo que tiene un coste inasumible para sus élites regionales), rechazarla y entrar en negociaciones con el PP y Ciudadanos por una suerte de pacto de reforma constitucional que Podemos utilizaría para reforzar su marco de referencia de “nosotros contra ellos”, o cerrarse en banda y permitir que se repitan elecciones con el (enorme) riesgo de soprano por parte de Iglesias. Este, ahora, es el mapa de las alternativas posibles.

En semejante situación, el PSOE ha perdido la cohesión. Sánchez está dispuesto en agotar todas las opciones para llegar a un acuerdo de izquierdas, manteniendo el referéndum como línea roja. Pero los líderes de aquellas regiones sin aspiraciones nacionales propias temen el castigo que les pudiese acarrear. Algunos de ellos, además, aprovechan la ocasión para ajustar cuentas con un candidato que no ha cubierto expectativas electorales. La confrontación más o menos abierta no hace sino ahondar en el dilema socialista, favoreciendo las expectativas estratégicas de Iglesias.

En Podemos son conscientes de que la jugada está saliendo bien por el momento, pero también deben contemplar los riesgos a medio plazo. La elección del referéndum como condición para forzar el zugzwang socialista no es solo táctica, sino que obedece al hecho de que 27 de sus diputados provienen de alianzas con partidos de corte nacionalista. Iglesias ha adquirido una deuda con ellos. Los objetivos del nacionalismo de momento están alineados con los de quienes están convencidos de que el PSOE debe ser completamente derrotado y sustituido. Sin embargo, Podemos cuenta con un tercer grupo de apoyos con intereses distintos: personas o colectivos interesados en dar peso específico a un partido capaz de mover el debate hacia posiciones más favorables a la redistribución. Para ellos, terminar con un gobierno del PP o con una repetición de los comicios solo puede ser una decepción. En los últimos días la cúpula del partido se ha cuidado de poner sobre la mesa otras condiciones de tono más social para recordar a estos votantes que ellos también están por el cambio en el resto de frentes, situando al PSOE dentro del marco de quienes no desean moverse del ‘consenso del régimen’. Pero la condición plebiscitaria sigue sobre la mesa. Ello hace evidente para todos que Podemos está dispuesto a sacrificar ciertos objetivos a corto plazo.

Jugar la carta nacionalista genera unas expectativas muy difíciles de cumplir. Porque, por, si no fuese suficiente con la oposición explícita de las formaciones centristas, el PP mantiene un poder de veto en el Congreso (más de un tercio de los miembros) y en el Senado (mayoría absoluta) que, por supuesto, no dudará en usar. Tal vez Mariano Rajoy tenga incentivos para ceder un poco en una eventual negociación con PSOE y Ciudadanos, en tanto que su cabeza corre cierto peligro si no es capaz de retener el Gobierno. Pero unas elecciones anticipadas no le vienen necesariamente mal a un partido que tiene capacidad para absorber voto en busca de la estabilidad, incluyendo muchos que se aventuraron con su apoyo a Rivera sin que éste, por el momento, vaya a importar demasiado en el juego de coaliciones. La connivencia implícita de intereses entre el PP y Podemos en caso de elecciones anticipadas podrían reducir el espacio destinado al centro político.

Un centro que en teoría iba a quedar representado por un partido que no llegó a donde se esperaba, esto es, a tener poder de vetar cualquier posible acuerdo. En una campaña un tanto incomprensible cuando se la compara con el ascenso meteórico que la precedió y el intenso trabajo previo en la elaboración de propuestas que les mantuviesen en un equilibrio entre lo liberal y lo social, Ciudadanos se ató al mástil del PP cuando lo que necesitaba era justo lo contrario. La momentánea falta de relevancia de sus 40 diputados es un daño colateral de la estrategia de Podemos para arrinconar al socialismo, pero ésta solo ha sido viable porque los resultados electorales han producido un Congreso que se presta a la polarización.

Centro-derecha y centro-izquierda suman 154 escaños en la cámara, siendo los restantes 196 para formaciones (PP, Podemos, UP, Bildu) notablemente más escoradas. De la misma manera, al menos 123 diputados están radicalmente en contra de una solución negociada al conflicto con Catalunya, mientras 97 podrían considerar incluso el derecho de autodeterminación. Las nuevas Cortes recogen el creciente pluralismo de opiniones e intereses de los votantes, es cierto, pero también dan pie a que éstas sean difícilmente reconciliables. Al provocar una situación de zugzwang para el PSOE y hacer que todas las fuerzas se alineen en frentes, incluso las supuestamente moderadas, Podemos está alimentando la polarización. La negativa irrenunciable y la amenaza interna de los barones regionales del socialismo se coordina con los intereses de conservadores y de la izquierda nacionalista. Porque, en este momento, incluso un pacto de fuerzas moderadas con el PP en busca de una reforma constitucional que subrayase la soberanía española pondría más de relieve las diferencias que los puntos en común.

El objetivo natural de un sistema parlamentario es favorecer la búsqueda de consensos, en especial cuando reina el multipartidismo. Sin embargo, nada garantiza que la negociación prime sobre la confrontación. Los partidos no son meros intérpretes neutros de las preferencias de los ciudadanos, sino que ayudan a reconfigurarlas y a cristalizarlas, y pueden canalizar la dinámica política en una dirección o en otra. También crean esperanzas y, por tanto, abren la puerta a la frustración, de la que no andamos precisamente faltos en España. Los líderes que hoy se enroquen en posturas irreconciliables ganarán una batalla o minimizarán sus pérdidas. Pero tendrán que administrar mañana una decepción y una polarización que no eliminará la fragmentación. Solo estarán haciendo más largo y tortuoso el camino que ellos mismos deben recorrer.

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Calcular al milímetro

(EL PAIS, 24/11/2015)

A menos de un mes de unas elecciones generales excepcionalmente agitadas, cuatro contrincantes toman posiciones. A nadie se le escapa que unos salen en mejor forma que otros. Pero no caben valoraciones apresuradas. Las mayorías holgadas parecen haber terminado, la competencia es eminentemente mayor, y como consecuencia cada voto es (aún) más preciado. Esto se refleja en la actitud de los partidos: todos dicen salir a ganar, sí, pero nadie se atreve a descuidar un flanco. Se asegura al milímetro en todos los frentes: política económica, ordenación territorial, regeneración institucional y ahora también cuestiones de seguridad. Paradójicamente, la falta de audacia también encierra un riesgo.

El PP confía en mantener su monopolio sobre el voto conservador. Según los barómetros del CIS en torno a mitad de sus simpatizantes son personas retiradas, casi siempre mayores de 65 años, viejas clases medias. Se les unen pequeños empresarios y autónomos con un perfil de edad más bien avanzado, así como un colectivo heterogéneo que sencillamente tienen posiciones ideológicas a la derecha del espectro no cubiertas por ningún otro partido. Hay una última capa de individuos poco interesados en política y no ideologizados, pero con considerable interés en que las cosas vayan “bien”, sin matices. Esta amalgama constituye una base sólida y coherente que puede alcanzar el 25% del total, pero tiene escasas expectativas de crecimiento. La irrupción de la cuestión terrorista en campaña favorece al PP en tanto que partido conservador y a Rajoy en particular por un efecto de reagrupamiento en torno al líder en tiempos de inseguridad, pero es momentáneo, de dudoso alcance y duración. Su estrategia está clara: defender una respuesta fuerte al terrorismo pero dejando que sean otros quienes la ejecuten y corran con los costes. En cualquier caso, apostar únicamente por una plataforma conservadora es jugar en corto, negando la posibilidad de mantener entre sus filas precisamente a quienes le dieron la victoria en 2011: el voto moderado y deseoso de algún tipo cambio. El PP jamás ha sido un partido liberal por definición, mucho menos progresista, pero ahora lo es menos que nunca. La coalición se ha resquebrajado por el centro. Y Ciudadanos, claro está, tiene mucho que ver con ello.

Albert Rivera lleva meses creciendo gracias a ese antiguo voto popular, y ahora que parece que el flujo se agota encuentra otro yacimiento que trae a su redil antiguos votos socialistas. Se trata en su mayoría de profesionales en activo, de clase media en adelante, alrededor de los 35-50 años y con nivel educativo comparativamente elevado. A este grupo se unen las filas catalanas, de orígenes más variados. La coalición que soporta a Ciudadanos es bastante menos consistente que la del PP, lo cual le enfrenta a un riesgo distinto: el de perder lo atesorado con un movimiento en falso. La respuesta política a los ataques de París han obligado a Rivera a enfrentarse al dilema entre libertad y seguridad que el liberalismo occidental no tiene bien resuelto; lo ha hecho de manera cauta y sin avanzar propuestas específicas. En términos más generales, el pasado julio el CIS preguntó a los españoles qué coalición preferían de no darse ninguna mayoría absoluta el 20D. Un 37% de los simpatizantes de C’s apostaban apoyar al PP, pero un casi idéntico 35,1% se inclinaba por el PSOE. Rivera y los suyos han de tener en cuenta esta profunda división desde ya mismo, pues refleja desacuerdos latentes sobre políticas específicas.

Esta es la fortaleza aún por explotar del contendiente que aparece más débil aparece. Tras vaciarse de votantes de un lado y de otro, al PSOE le queda un matrimonio de conveniencia entre obreros cualificados y otros trabajadores con contrato fijo (20% activos, 40% inactivos o ya retirados, siempre según datos del CIS) y desempleados (20%), con un claro sesgo hacia los hogares de menor renta. Es “de conveniencia” porque comprende al mismo tiempo a lo más protegido y a lo más castigado durante la crisis, si se deja de lado a las clases altas. Esta desigual exposición proviene en parte de las medidas tomadas por los socialistas desde 2008, así como de un sistema de bienestar desarrollado por ellos mismos que protege a algunos trabajadores y jubilados dejando a otros a merced del mercado y de la precariedad. Hoy, con una obvia restricción presupuestaria que fuerza cualquier debate a desembocar en un “y esto cómo se paga”, Pedro Sánchez ofrece cierta impresión de indecisión porque no encuentra nada concreto y viable que ofrecer a todos ellos. Por tanto, cualquier paso en falso puede ganarle apoyos de un lado, restándoselos de oro. Estando rodeado a izquierda y derecha por alternativas nuevas y apetecibles, es lógico que no se permita ni un fallo. El aspecto de la seguridad no es una excepción: todo lo que el PSOE tiene que ofrecer ante la amenaza terrorista parece resumirse en una indeterminación crónica, sugiriendo tímidamente cierta intervención militar sin atreverse a llevarla demasiado lejos. Pero lo conservador de la estrategia le impide aprovechar su mejor carta: hoy por hoy, Sánchez parece el único candidato viable y seguro para sustituir a Rajoy. Pablo Iglesias queda demasiado lejos. Las intenciones de Rivera no son claras porque tampoco lo son las de sus actuales votantes. Si el PSOE consiguiese acortar posiciones con el PP podría aprovecharse de esa ventaja y coordinar el voto anti-popular en torno suyo. Pero ello requiere de una estrategia ambiciosa, arriesgada.

Precisamente esta oportunidad es la que se le abrió y luego se le cerró a Podemos. Iglesias ha insistido siempre en apelar a Rajoy como su rival. La elección fue estratégica: buscaba lo que momentáneamente consiguió según las encuestas pero luego perdió, aglutinar el voto como única alternativa factible. Pero una democracia liberal funciona como trituradora de posturas maximalistas al mostrar que las vagas uniones basadas en demandas de cambio no llegan muy lejos si las preferencias no se especifican. Podemos cayó en esa trampa para quedarse atascado en un voto potencial joven, educado y marcadamente de izquierdas, definido por el agujero de expectativas que ha cavado la crisis en la generación de 20 a 34 años. Iglesias parece haber asumido en cierta medida su nuevo papel. Su reacción (y la de su partido) a los atentados en Francia no dejan espacio para la duda: decir ’no a la guerra’, crear ’un Consejo para la Paz’ y demás alternativas que difícilmente sintonizan con una mayoría envejecida y deseosa de estabilidad. La estructura demográfica e ideológica de la población española no le augura mucho más de su actual 15% si no intenta un viaje hacia propuestas creíbles que, hasta ahora, no ha sabido completar.

Las razones de la prevalencia del regate en corto van más allá del vuelco en el sistema de partidos o de la incertidumbre coyuntural. La opinión se ha fragmentado. Las ideas y las propuestas viajan más rápido y lejos, pero también mueren antes. Las grandes instituciones que articulaban ideologías, que permitían unir a clases enteras bajo un mismo objetivo (partido, iglesia, sindicato, periódico), se han debilitado sin que haya tomado el relevo una sociedad civil organizada. En algún momento deberíamos preguntarnos si esta es la clase de política que queremos. Pero de aquí al 20 de diciembre no parece haber elección, y no queda más remedio que echar cuentas con decimales en los márgenes de los programas electorales para evitar perder al límite.

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Sin falta

A muchos nos educaron para no ser nacionalistas. Nos educaron, se supone, para amarnos más a nosotros mismos que a la tierra sobre la cual crecimos. Para respetar a quien tuviésemos al lado independientemente de lo lejos que hubiese nacido de nuestra casa. Casa llena de libros. Casa llena de sonido de periódico los domingos por la mañana mezclado con el crujir de las tostadas, y sobremesas políticas desde tan pronto que la línea que separa nuestra infancia de nuestro puño en alto en una manifestación o queda muy atrás o ni siquiera se ve clara en el pasado. Entre cuestionamientos, codazos de complicidad medio enfadada, medio divertida ante un Telediario obscenamente manipulado y dentro de una burbuja que ni siquiera podíamos ver pero que sostuvo nuestros arriesgados estudios universitarios de letras. Ah, nos educaron para elegir quiénes queríamos ser. Y escogimos no ser españoles; lo escogimos nosotros tanto como lo escogieron nuestros padres, nuestros profesores, nuestros libros, nuestros periódicos, nuestros grupos de música predilectos, nuestras películas que tampoco entendíamos del todo, nuestros artículos de domingo de Millás metiéndose con Aznar o nuestros soldados de Salamina fundiendo cuatro rayitos de sol.

Y así crecimos. España era eso que le pasaba a los demás. Nosotros éramos otra cosa. Éramos, yo qué sé, ciudadanos del mundo, europeos, músicos o lectores pero no éramos españoles. Ni siquiera las bombas nos hicieron cambiar de parecer. Íbamos construyendo nuestra identidad política palabra a palabra, discusión a discusión, basada en la encomiable intención de alejarnos de todo lo que, para nosotros, había marcado el pasado más oscuro de los pasados que nos podía haber tocado. Mirábamos al frente con la seguridad de quien no necesita la ayuda de ninguna bandera para construirse un futuro. No quisimos que nos importase dónde íbamos a terminar. Y no nos importó. Hasta que nos echaron.

En 2008 se nos cayó España encima y resultó que no le pasaba a los demás: al revés, resultó que nos pasaba a nosotros más que a nadie. Qué coño: resultó que nos la habíamos tirado encima. Así que decidimos dar el último paso definitivo. Adios. Hasta nunca. Que te jodan. Ryanair de ida, amigos hechos hace cuatro años en alguna ciudad europea que ahora toca reencontrar, iPod y nuestra vida en un portátil. Lo sentimos algo por quienes precisamente nos habían enseñado a volar, a no ser españoles. Ellos nos acompañaron a cien aeropuertos con diez mil corazones en diez mil puños que no sabían ver el futuro. Hasta luego, sí, te llamo al llegar; que sí, pesada. Skype el finde que viene.

Nos fuimos a delinear edificios, a meter nieblas ajenas en fotos y videos, escribir tesis doctorales, limpiar mesas en un bar o a llevar una cuenta de Twitter en un idioma que intuimos antes que aprendimos. Tan llenos de cinismo como lo estábamos de esperanza, si es que eso es posible; bueno, nosotros lo conseguimos. Nos libramos de España. No más tela rojigualda envolviendo a la mitad de nuestros amigos en paro y la otra mitad suplicando cobrar 500 euros por una puta beca. Incluso evitábamos con un cierto gesto de desdén a los compatriotas con quienes nos cruzábamos en nuestros países de adopción. “Españoles”; mascábamos y escupíamos la palabra. Uf. Ja. Fuera. Al fin somos lo que nuestros padres, libros, cantantes predilectos, periódicos, amigos, líderes inexistentes querían que fuésemos. Lo que nosotros queríamos ser. El perfecto (n0) español joven de 2005, pero en 2010. Habíamos ganado con solo cinco años de retraso.

Una noche de jueves estaremos volviendo a casa con un par o cinco cervezas trabadas en la cabeza, rodeados por un maldito frío y por calles que ya pensamos que son nuestras, escuchando cualquier cosa que nos haga sentir especiales, que el mundo nos presta atención, aunque solo sea un poco, durante tres o seis o dos minutos. Voleremos a casa, decía. Serán las once y media, nuestra compañera de piso estará bajo su edredón de Ikea ya porque, bueno, porque es suiza. Abriremos la nevera, cogeremos algo de pan de molde, un trozo de queso, ese zumo que no sabemos de qué demonios es pero que está de puta madre y nos pondremos delante del ordenador a ver qué ha pasado durante esas cinco cervezas. Y veremos algo, no sé. Una noticia. Una foto de un cielo azul y una piscina en Facebook. Un anuncio prenavideño. Un mensaje de alguien que se quedó y mira, tampoco le fue tan mal, nos cuenta que está embarazada y feliz y todo, aunque no habla de trabajo. Nos cabrearemos, como siempre que hacemos eso. Nos cabrearemos porque España nos sigue pasando, joder. Se nos cae encima a cada segundo. Igual que se nos caerá el vaso con el zumo en el regazo. Me cago en la puta, gritaremos mientras echamos la silla al suelo al levantarnos de golpe. Al dejar el medio sandwich sobre la mesa miraremos por la ventana y veremos que ha empezado a llover contra las calles que no, no son nuestras.

Al girarnos veremos bajo el quicio de la puerta, ahora abierta, a nuestra compañera en pijama, que nos mira con interrogación y de manera solícita (joder, es que es suiza) y nos pregunta por tercera vez si está todo bien. Y no podemos explicarle que qué coño, que la tesis que estamos escribiendo es en realidad sobre España, que esa fachada que está bosquejada en nuestro escritorio es verdaderamente perfecta para Santander, que cada vez que apretamos el disparador y suena el diafragma preferiríamos que entrase la luz algo más clara, que las mesas que limpiamos lo hacemos pensando en todos esos rincones de ese puto pedazo de tierra del que hemos huido y que no hemos podido conocer bien, que nos escapamos de nuestros compatriotas porque no sabemos qué decirles y no porque no tengamos nada que decirles, así que acabamos buscándolos al final de la noche. Que queríamos huir, sí, pero no así. Y que menos mal que de vez en cuando podemos comprarnos El País y desayunar como Dios manda. Pues como no podemos explicarle todo eso lo que hacemos es decir “yeah, yeah, I’m OK, it’s just a bit of juice, thanks”. Aceptamos su breve sonrisa y sus buenas noches, nos vamos detrás de ella a la cocina a por papel y mientras secamos el zumo pensamos en los cinco emails que tenemos que enviar mañana por la mañana, sin falta.

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